Vale, no es que los blogs pudran el cerebro de todo el mundo. Puede que no pudran el cerebro de nadie más. ¿Pero el mío? Por descontado. Esta mañana me han reprendido amistosamente dos amigos desplazados a Turquía por cuestiones de trabajo para reprenderme por no haber tenido la decencia de comunicarles mi reciente enlace matrimonial.
Mea culpa.
Lo cierto es que, cada vez más, tiendo a confiar en el blog como correa de transmisión de la información. “Alguno lo leerá en el blog y se lo dirá a los demás”, pienso con desatino.
Y es un error por varios motivos.
El primero de ellos, lector constante, es que probablemente tú eres una de las diez personas que, de vez en cuando, mira este blog. Mi indiferencia absoluta hacia el concepto de audiencia y mi negativa a convertir mi bitácora personal en un “producto” para el disfrute de muchas personas, lo ha convertido en apenas una sombra de blog, destinado a mis amigos más frikis, a los buscadores de chorradas y a los chicos de Blogomundo. De hecho, apostaría a que los datos de visitas mejorarán este mes por la inclusión de referencias a Japón, pero a que volverán a bajar a sus niveles normales en breve plazo. ¿Lo mejor de todo? Que no creo que un blog personal deba ser mucho más que eso. Si no, corres el peligro de convertirte en el personaje de tu blog y empezar a buscar cosas que contar y hacer cosas para epatar en lugar de limitarte a vivir. Se puede bloguear la vida, pero no se debería vivir para bloguear.
El segundo de los errores es que la gente que conozco apenas habla entre sí. Frente a los tiempos de Europa Press, en los que los compañeros éramos incapaces de ir a mear sin que en la otra punta de la relación se oyese el chorro, y en los que el cotilleo indiscriminado sobre la vida, los amores y el trabajo eran el día a día, según nos vamos haciendo mayores y nos vamos disgregando por distintos medios, nos hacemos más sosos y menos proclives a levantar el auricular para enterarnos de las últimas jugosas noticias. Supongo que, en parte, se debe a que la actualidad nos interesa cada vez menos, embarcados como estamos en nuestros problemas y alegrías cotidianos. En lugar de teletipos diarios, preferimos un buen reportaje delante de una cerveza cada cierto tiempo.
Pese a ello, tengo que volver a hacer un esfuerzo para comunicarme de un modo más directo con la gente que me importa. Muchos estabais en la boda, muchos no pudisteis venir. Pero os prometo que sí estabais presentes en nuestros corazoncitos de melón.
Pero también me ha dado por pensar en quienes no estaban en la boda porque la vida nos ha ido separando y cada vez resulta más difícil establecer contacto o mantenerlo. En algunos de esos casos, el afecto sigue ahí, aunque oculto bajo una capa de nostalgia y pereza. Si me encuentro a esta gente por la calle o en un bar, nos tomaremos una copa por los viejos tiempos y nos reiremos. Quizá la vida nos dé otra oportunidad o quizá no, pero el cariño sigue ahí, latente.
Pero no hay que olvidar a los “enemigos”, esas personas a las que en un momento dado has apreciado y con las que terminas enfadado, lo quieras o no. A veces él/ella se equivocó y es difícil de perdonar. Otras, una tercera persona alta y con grandes hombros lo arranca de tu camino y se lo lleva a un pueblo de la periferia. Pero no hay que olvidar las veces en las que fuiste tú el que te equivocaste de forma tragicómica, hiciste daño sin querer hacerlo, y ya no queda mucho que arreglar. En general, y a diferencia de otra gente, tiendo a pensar lo menos posible en estas personas.
¿Por qué? Porque rara vez encuentro alivio en estas reflexiones y se me olvida que la vida y las personas pasan, unas a buenas y otras a malas. Además, dudo mucho que la otra persona haga lo propio, y terminan siendo pensamientos-basura inútiles, por no correspondidos.
Afortunadamente, creo que Revann y yo podemos jactarnos de tener muuuuchos más amigos y buena gente en nuestras vidas que restos de naufragios pasados. Pero, ¿quién sabe? Quizá podamos salvar algo de entre los restos. Así que brindemos todos: “Por los amigos ausentes, los amores perdidos, los viejos dioses y la estación de nieblas. Y que todos y cada uno de nosotros dé al Diablo su merecido”