De la responsabilidad individual
No me gustó mucho Batman Begins. Puedo aceptar que es una película impactante, muy bien rodada y llena de buenas ideas. Pero durante toda la película tuve la sensación de que algo me rechinaba y no supe ver qué. He tardado un par de años en descubrir que la película nunca me pareció redonda debido a las ideas que introduce sobre la responsabilidad del individuo para la mejora de la sociedad.

Uno de los argumentos principales de la película es que el padre de Bruce Wayne fue, en vida, el magnate americano filantrópico prototipo. Era similar al Wesley Dodds de Sandman, con la misma querencia por utilizar sus abundantes recursos y talento para hacer más habitable una ciudad desestructurada y con problemas sociales de gravedad. Una suerte de responsabilidad social corporativa pero auténtica. A falta de intervención social para la resolución de conflictos, la película propugna una intensa participación de sus individuos más aventajados para superar las dificultades.
De hecho, ésa misma es la base del vigilantismo enmascarado como concepto mismo: gente ordinaria que dedica parte de su vida a mejorar la sociedad ante la incapacidad manifiesta de instituciones y organismos para hacerlo de forma apropiada.
¿Y qué mejor sociedad como caldo de cultivo de esta actitud que la estadounidense? En cierta forma, y por las peculiaridades del proceso mismo de creación de su identidad nacional, todo americano se considera más dueño de sí mismo que cualquier ciudadano de otra nacionalidad. Mientras los europeos vivimos constreñidos y amarrados por el concepto de un Estado al que insuflamos vida, y del trabajo en pro de una sociedad que regula, mediante mecanismos muy complejos y apariencia democrática, casi cada aspecto de la vida, los americanos ven en el Estado un mal apenas necesario y consideran que conceptos como el de la seguridad personal y la búsqueda de la felicidad son necesariamente un objetivo que el propio individuo sólo debería poder alcanzar por sus propios medios. De ahí nace su afición a las armas y su desmedida defensa del derecho constitucional de tenencia, y de ahí surge también la capacidad emprendedora de unos individuos, apenas ciudadanos, que no se ven cómodos ni seguros trabajando para el Estado ni en una multinacional, pero que se consideran capacitados para crear algo más firme a través del trabajo sin medida y dosis de pura voluntad. En Europa, al estar acostumbrados a trabajar para algo más grande, conscientes de la red que supone el Estado del Bienestar, por fracturado que vaya encontrándose, nos cuesta menos adaptarnos a la mentalidad corporativa, y la idea de convertirnos en funcionarios no suele parecernos del todo desagradable, vistas las indudables ventajas que entraña.
En la sociedad estadounidense, en la deprimida urbe posmoderna de Gotham City, Bruce Wayne, alias Batman, no se plantea que la mejor forma de resolver las cosas sea a través de la política, la rehabilitación o el estímulo de la economía mediante medidas keynesianas. Las mafias dominan las calles, la Policía está podrida, los psicópatas que poblarán algún día las celdas de Arkham no son sino productos de un colectivo malsano, plagado de células enfermas que se expanden y contaminan un ser cada día más débil. Es similar a la visión de Will Eisner sobre la pobreza y la desesperanza urbana que se transmite en las páginas de Spirit y, especialmente, en sus obras posteriores. La misma visión de mi perturbado amigo Bukowsky, mi cartero embriagado amante de las malas mujeres y las buenas carreras.
Ése es el sustrato que hace de Batman un vigilante necesario, y de Bruce Wayne un empresario decidido a cumplir con su papel social, por más que mi mentalidad, modelada por una socialdemocracia cada vez menos social y cada vez menos democrática, se empeñe en pensar que las cosas no se arreglan así.
He aquí la grandeza de una película que nunca me gustó. Que mi disgusto nace de hasta qué punto lamento las verdades que contiene sobre América y sobre el tan cacareado American Way of Life. Y la verdad, por dura que resulte, es algo digno de apreciar y de agradecer, como bien nos enseñó el ya difunto Ángel Fernández Santos. Si Superman es el héroe rural, noble y suburbano al que aclaman los niños en sus casas con vallas blancas de madera, Batman es la dura necesidad del niño del ghetto, que ve en las becas de la Fundación Wayne una salida a largo plazo, y en los puños del superhombre una solución inmediata y brutal a sus problemas más inmediatos.

Así que espero la segunda parte con interés casi sociológico, con la confianza de que Chris Nolan quiera volver a revelarme algo sobre Gotham City, sobre la responsabilidad individual y, especialmente, sobre el mundo que nos rodea. Tampoco es que me guste mucho, pero a veces es interesante prestarle atención y recordar que no todas las soluciones funcionan para los mismos problemas.


















