Nada que objetar sobre las instalaciones, servicio, comida y nivel de calidad de este magnífico hotel lanzaroteño, situado en un enclave privilegiado, junto a las playas de Papagayo.
Eso sí, como iba con mi pareja y ninguno somos especialmente niñeros, sufrimos un poco el exceso de chavalería. Esto hacía que, por ejemplo, toda la animación diurna que supuestamente estaba planificada para adultos, como los torneos de tenis, fútbol y otros deportes, quedase a merced de los locos bajitos. Además, uno acaba hartándose de esquivar tronas y carritos durante las comidas y cenas. Supongo, en todo caso, que esto no pasará en época escolar.
Para refugiarnos, huíamos al Bar Verde, donde la simpática camarera que atendía el cómodo y bien montado garito confraternizaba con el personal y nos preparaba sus ricos cócteles, en una ocasión incluso acompañada de un piano man.
El todo incluido, genial, destacando especialmente los desayunos y las tortitas que se sirven en la cantina de la piscina entre las 16.00 y las 18.00 horas. Los granizados eran mi bebida favorita en la piscina, aunque por las enormes borracheras que se cogieron un reducido grupo de mis compatriotas, parece claro que el surtido de alcohol debía ser razonable.

Otro detalle muy grato de la estancia fue la firme voluntad de la dirección de ofrecer una experiencia integral. Teníamos el vuelo concertado para las 20.10 horas y ya nos temíamos que, tras abandonar el cuarto, a las 12.00, terminaríamos pasando casi todo un día perdido y sin saber dónde comer. Error, el hotel te mantiene todos los servicios hasta que sales definitivamente por la puerta, y si quieres darte una ducha para no ir lleno de cloro al aeropuerto, te facilita una habitación de cortesía que hay que reservar a primera hora del día de la salida.
Realmente el hotel no tiene cinco restaurantes, como dicen, sino uno muy grande con dos zonas temáticas, internacional e italiano, y otros dos más pequeños, oriental y francés, a los que hay que sumar la cantina de hamburguesas, perritos, pizza y tortitas de la piscina. En el oriental, que mezcla comida china con platos de wok, sólo se sirven cenas y hay que reservar el día antes, aunque te dejen hacerlo cuantas noches quieras. El francés es de pago con tarifa reducida para el todo incluido y no lo probamos.
El resort tiene varias tiendas, y puedo destacar especialmente la que se encuentra bajando por las escaleras que hay junto a la recepción. Los dependientes, majísimos, al final se llevaron muchos de nuestros euros.
Sólo me queda recomendar las excursiones que hicimos con Iberojet. Tanto la del sur de la isla como la del norte merecieron muchísimo la pena. El vendedor, Ricardo, insistía mucho en que es más rápido, barato y práctico que alquilar un coche, con las dificultades que eso entraña. Después de ver las colas de turistas y coches que dejábamos atrás cómodamente, no puedo menos que darle la razón.
Al final, una experiencia interesante y divertida para una semana de asueto.
P.S. No sé si el compañero que se felicitaba de los cuadros que poblaban el hotel lo hacía con sarcasmo. Creo que para todos esos metros cuadrados no puedes limitarte a ir repitiendo la misma combinación de siete imágenes con relieves y temática étnica.