El fuego y la niebla
24 horas. Es el tiempo que ha transcurrido entre mis últimos paisajes de Lanzarote y mis primeras vistas de Asturias, una tierra a la que ya pertenezco.
Del Malpaís de Manrique a los árboles infinitos que dominan las enormes montañas. Del fuego solidificado a la piedra apenas domeñada por el empeño humano. De las cavernas burbujeantes donde crecen higueras y cojines a las oscuras y terribles minas en las que ningún enano osa morar pero a las que algún político aún se atrevió a regresar.
De los camellos a las canoas, de los hoteles y las pulseritas a las tapas y la nueva religión de la Fórmula 1. Del Malvasía a la sidra, del turismo sostenible a su búsqueda tardía. Del grupo I de la Segunda B a la Primera División.
Aún recuerdo la primera vez que traspasé el Negrón, cuando mi alma decidió quedarse para siempre a la vera del mar, entre carbayones, músicos y señores con las posaderas humedecidas. Esos bosques me susurraban al oído palabras que aún me atraen y que aún no he sabido interpretar, aunque mi mujer me las susurre al oído cada noche.
De un modo parecido, durante los últimos días me he visto atraído por la magia de los volcanes, la fuerza de un tipo con dos cojones que quiso cambiar al menos un mundo y un guía, Juanjo, que algún día escribirá un libro digno de mención.
Lanzarote. Una isla en la que algún Dios, como un croupier inmisericorde, arrancó de nuestras manos el tiempo y la tierra, los arrugó, estrujó y trituró y se los devolvió al hombre como una mala mano de póker.
Manrique, gran jugador donde los haya, se ríe ahora de la banca y atesora sus fichas en el cielo, donde utiliza las ganancias para seguir comprando y diseñando coches de lujo y todavía se baña en una piscina que, aun en el paraíso, se parece a la de los Jameos y a la de su Fundación.











