Pocas veces una película nos ha polarizado tanto. El domingo pasado no, el anterior, el visionado de 300 dejó a un Miguelito alucinado con el espectáculo del film de Zach ‘Amanecer de los Muertos’ Snyder, y a una Revann muy decepcionada por los motivos que expone aquí. Y no digo que coincidamos siempre, que no es así. María Antonieta fue motivo de disensión, pero ni a mí me gustó tanto ni a ella le dejó tan fría.
300, en cambio, ha sido el paradigma del enfrentamiento cinematográfico.
Como me toca a mí defender el producto, paso a enumerar sus distintas virtudes:
Bella ultraviolencia: La descripción cinematográfica de la violencia de tebeo me entusiasma. Llevo desde que era pequeñito viendo a la gente dándose hostias como panes, y siempre me ha gustado. Pero claro, llegaron los efectos digitales y cambió la película. Si disfrutaba con Contacto Sangriento, con Mátrix alcanzábamos el máximo nivel. Si Demolition Man me pareció de pequeño una excelente colección de guantazos, ver a Brad Pitt machacando a Gorgeus George en Snatch, a Edward Norton en Fight Club o a Eric ‘Tetas y orejotas’ Bana en Troya me hizo subir de nivel. Aún disfruto de Héctor del Mar retransmitiendo el Wrestling y sigo pensando que Terminator 2 redefinió el género del beat’em up cinematográfico. Pues eso, que me gusta ver a señores adultos semi-desnudos caneándose de las formas más espectaculares. Y en 300 hay mucho de eso.
Fidelidad extrema: No discuto que nunca he sido gran fan de 300. Creo que Miller ya empezaba con esta obra a recorrer su posterior camino a la mediocridad, que el trabajo de su mujer en los colores superaba con mucho al suyo en los lápices, y que la historia es excesiva y algo tontorrona. Sin embargo, todo lo que en el tebeo me pareció de cartón piedra, en la película me ha parecido muy vivo, divertido, irreverente y expresionista. Si Sin City era un ejemplo perfecto de la degradación a través de la fidelidad, como ya lo fue el Psycho de Gus Van Sant, 300 es una muestra de cómo mejorar el producto dotándolo de vida.
Reparto molón: Gerard Butler mola. Mola mucho. Especialmente porque todavía no lo he visto hacer el mismo papel en dos pelis seguidas. De hecho, no le reconozco nunca de una peli a la siguiente. Del ’sidekick’ del Imperio del Fuego al capullo cantarín del Fantasma de la Ópera. Del Leónidas batallador de 300 al amariconado Vlad de Dracula 2000. David Wenham me gustó mucho, pese a que todo apunta a que la versión inglesa tiene que ser bastante más cañera, especialmente cuando el bueno de Faramir adopta el papel de narrador del cuento. Siendo un cuento de pocas palabras, lo mismo dará verlo en la lengua de Sexpir.
Elegancia narrativa y composición epatante: Robert Rodríguez y Snyder son muy distintos. El primero se inventó la cosa pero no le quedó redonda, mientras que el segundo es menos original y más director. La música, además, acompaña la obra con mucha dignidad.
Créditos magistrales: Conmocionadico me quedé. Preciosos. Merece la pena esperar un rato cuando acaba la peli.
Al final me quedo con que 300, sin ser una gran película, sí que es una gran peliculita. Que la versión digital en la sala 25 de Kinépolis merece la pena. Que gastarse seis euritos compensa de sobra. Que si no hubiese recaudado tantísimo dinero, nadie le daría tanta importancia y se quedaría como lo que es, una peli entretenida y sin muchas pretensiones. Que fluyan las palomitas, que los espartanos se froten bien de aceite y que empiece la batalla por las Termopilas…