Urion2

Octubre 31, 2006

Marlo: Hijo de Puta

Archivado en: Música, Televisión — Uriondo @ 10:25 am

En una de las interminables promos de Paramount Comedy te vendían un sonitono curioso. Tras mucho investigar (o sea, después de mirar un par de vídeos en la tuba), he descubierto que, de estos polvos:


vinieron esos lodos


Octubre 27, 2006

Una chorrada más

Archivado en: Vivencias — Uriondo @ 6:48 pm

Hyper!

Octubre 22, 2006

Mobys

Archivado en: Vivencias — Uriondo @ 9:35 pm

Mobys

Octubre 19, 2006

Mauro

Archivado en: Vivencias — Uriondo @ 5:00 pm

El ínclito dibujante Mauro Entrialgo, colaborador habitual de El Jueves, ha propuesto un interesante experimento en la revista. Ha publicado dos páginas sobre lo que son, suponen y significan los blogs en el día a día, y ha obtenido autorización de la revista para que todos los blogueros del mundo podamos difundirlas a tutiplén.
Es una cadena a la que me apetece sumarme y a la que os invito.

Mauro1

Mauro2

Octubre 12, 2006

Feliz Halloween por anticipado…

Archivado en: Ilustraciones — Uriondo @ 6:46 pm

Monster´s Squad

Peter Milligan es Mark Millar

Archivado en: Comic, Reflexiones — Uriondo @ 4:42 pm

Recogido de los Anales del Cómic, una publicación secreta al alcance sólo de los más avezados lectores de tebeos, este inquietande documento, que demuestra la verdad sobre Peter Milligar y Mark Millar, dos populares guionistas:

Todo el mundo sabe que Peter en inglés es Pedro, que a su vez viene del latín Petrus, que significa Piedra. Mill, por su parte, significa Molino. Igan es la famosa Nefritis IgA, que Heberden diagnosticó por primera vez en 1801 en un niño con dolor abdominal. Esto sólo nos da la indicación de la fecha, 1801, que estuvo marcado principalmente por la unión entre los reinos de Gran Bretaña e Irlanda para crear el Reino Unido. Vamos juntando piezas. Piedra+Molino+1801

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que la referencia a piedras y molinos hace referencia a la comunión. ¿Acaso no se habla de “comulgar con piedras de molino”? Pero es importante desmarcarnos de la interpretación fácil de la hostia, y recordar que, en el ambito británico, al hablar de “comunión” lo más probable es que nos estemos refiriendo a la conocida como “comunión anglicana”, el conjunto de iglesias a escala planetaria que conforman la misma esencia del anglicanismo.

Anglicano y del Reino Unido… Todo el mundo sabe que los ingleses tienen lo que normalmente se denomina “un palo en el culo”, y probablemente esta es nuestra pista principal.

A Mark Millar le diagnosticaron hace no demasiado la Enfermedad de Crohn, una dolencia bastante rara, crónica y episódica que puede afectar a cualquier región del tracto gastrointestinal desde la boca hasta el ano. ¿Qué palo, no? ¿Y dónde está ese palo? Efectivamente.. ¡en el culo!

Con esto queda demostrado sin ningún asomo de duda que Peter Milligan es la identidad secreta de Mark Millar.

Octubre 9, 2006

Zuaza

Archivado en: Vivencias — Uriondo @ 7:46 pm

Para recordar la infancia con cariño no hace falta haber encontrado un cadáver junto a las vías del tren.

Aunque sería absurdo no reconocer las ventajas pedagógicas que tiene para cualquier zagal pasar el verano frustrando los planes de una ancestral criatura que pulula por las alcantarillas vestida de payaso y que encuentra solaz en acabar poco a poco con las vidas de sus condiscípulos, o la indiscutible relevancia educativa de entablar amistad con un infante discapacitado con poderes psíquicos capaz de echar una mano en futuras pugnas contra extraterrestres con transtorno bipolar, tampoco podemos dejar de lado que la vida es mucho más.

Y no me estoy refiriendo sólo a las aventuras en barcos piratas hundidos, casas fantasmagóricas o mundos de fantasía que se encuentran a un solo latido de corazón de nuestra realidad y a los que se accede a través del mobiliario doméstico. Tampoco me limito a hablar de las tradicionales visitas nocturnas a criptas para trabar lazos con familias disfuncionales de no-muertos. Ni siquiera quiero hacer referencia a las horas libres que todos pasamos en nuestra niñez acompañando en su lucha por la justicia a hombres enmascarados y embutidos en mallas de colores que hundían su credibilidad llevándonos a su lado y que nos incomodaban cuando se ponían a mirarnos de formas extrañas, por más que intentásemos auto-convencernos de que todo se debía al dolor que les produjo la traumática muerte de alguno de sus parientes.

Estoy hablando de los campamentos de verano.

No de los campamentos de verano en el espacio, ni de los campamentos de verano en los que investigábamos aviesos crímenes en compañía de perros, machorras y tipos blandengues en suéter empeñados en llevar siempre en la bici una rebosante cesta de picnic. Tampoco hablo de esos campamentos de verano en los que se descubre el profundo significado de la amistad, todo para terminar muriendo a manos de un puñado de abejas y dar, de paso, una importante lección sobre la vida y la muerte a una niña idiota que probablemente deje de pensar en su amigo del alma en cuanto algún macarra de Torrelodones se la lleve borracha a algún descampado para enseñarle el profundo significado del asiento trasero de su coche.

Me refiero a los campamentos de verano de verdad.

Esos en los que te obligaban a hacer cosas que no querías a horas intempestivas, rodeado de gente a la que, en su mayoría, despreciabas, y luchando a diario por ganar una aceptación, una amistad y un cariño que, a fin de cuentas, te iban a durar bastante menos que una alerta terrorista a Jack Bauer.

En mi caso, la primera de estas fantásticas experiencias, y la más inolvidable, tuvo lugar en el celebérrimo enclave natural de la isla de Zuaza, en el pantano alavés de Ullíbarri-Gamboa. Así, como suena. Chupaos esa.

No me queda más remedio que reconocer que, a mis doce años de edad, una de las cosas que más me preocupaba de toda esta historia de los campamentos era, no tanto el hecho de tener que alejarme de mi madre y su cocina durante un periodo de tiempo insufriblemente largo, sino la extraña sonrisa que la vimos esbozar cuando creía que ya no la veíamos y que con los años he aprendido a interpretar como su forma de decirnos con cariño: “malditas cucarachas, he tenido que hacer una cola de once horas en la Delegación de Juventud para que os larguéis muy, muy lejos de aquí, pero por fin soy libre ¡libre! ¡Bwah, ha, ha!”.

Tampoco me ayudaba demasiado el hecho de llevar a mi hermano en el asiento contiguo, con sus ojitos de conejo aterrorizado y un gesto de indefinida e indeleble incomodidad en su cara de pan.

Mi primer error fue de manual: Llevé varios libros a la cosa. Aún ahora me parece escuchar la bocina de las Hermanas Hurtado gritando “campana y se acabó”, o soltando alguna rima ripiosa del tipo: “si no quieres collejas de las que duran, te recomendamos no llevar lectura”.

Parece una tontería, pero después de haber pasado ya varios años de colegio rellenando cartillas Rubio, memorizando mapas llenos de ríos que apenas recuerdo y tratando de aprender las reglas de deportes de segunda fila, aún no me había dado cuenta de lo impopular que te hace parecer la lectura en sociedad. De hecho, fuentes consultadas en el entorno de la muchachada actual me dicen que ahora mismo no sólo es causa de improperios la lectura, sino que también ha pasado a serlo el uso correcto de la ortografía, un cierto conocimiento de gramática, llevar los calzoncillos por dentro del pantalón y no saber los nombres de al menos cuatro concursantes de las últimas dos ediciones de Gran Hermano. Hoy en día sobran los motivos para convertir en paria al más pintado. Y no, no me estoy refiriendo a David Bowie.

Tras un interminable viaje en autobús y en ferry, finalmente llegué a la isla de marras con mis libros, mi bisoñez y mi hermano. Era un pequeño paso para mí, pero un paso mucho más grande para él, que tenía las piernas bastante más cortas. La vista era algo sorprendente, y al niño de meseta desértica a lo Mad-Max que habita en mi corazón se le antojaba de ciencia-ficción. Más que nada porque había árboles plantados en la hierba y no sobre la acera, el césped era tan verde que asustaba y corría el aire a media tarde. ¡En agosto! Una gozada, oigan.

Pero pronto el deleite se convirtió en tortura. Llegaba la hora de la primera comida.

La clave del asunto estaba en controlar el pan. Si eras listo, te agenciabas tres o cuatro pedazos de esa masa informe y gomosa que recordaba al chicle y la utilizabas como recurso de emergencia en caso de que la comida consistiese en algún tipo de criatura robada al mar o, en general, de cualquier cosa empapada en tomate Orlando.

Este tipo de anécdotas siempre traen a la memoria inolvidables películas carcelarias como Los Búfalos de Durkham, El Padrino o Los Bingueros. Pero es que no hay tantas diferencias. Cocinar para doscientas personas es siempre lo mismo, ya sean los comensales cruentos violadores, especuladores urbanísticos de paso o cándidos jovenzuelos convencidos de que David Hasselhoff representa la cumbre indiscutible de la masculinidad. La restauración colectiva es un arte que tiene pocas normas inquebrantables y que se basa en dominar un férreo decálogo que combina con sabiduría ancestral las lentejas, el pollo asado con patatas fritas grumosas, las alubias, el pescado empanado, la lechuga aguada con trozos dispersos de tomate pasado y otros productos que abanderan la lista de deconstrucciones pendientes de Ferrán Adriá.

Después de la experiencia culinaria, descubrí las no menos impactantes actividades acuáticas. Imaginad a un grupo de cincuenta niños madrileños de doce años intentando dominar el wind-surf. ¿Ya? Pues para qué explicarlo.

Y no podemos olvidarnos de los monitores, esas criaturas luminosas empeñadas en que cada día fuese mejor que el anterior, de reforzar nuestra autoestima y de hacernos desarrollar todo nuestro potencial, con resultados apenas visibles casi veinte años después. Afortunadamente, entre cucharada de miel y cucharada de azúcar nos enterábamos de los líos que se traían entre ellos, que no tenían nada que envidiar a los que protagonizaban nuestros ídolos de entonces, Brenda y Brandon Walsh, los gemelos redundantes de Sensación de Vivir. Aún no habían llegado los tiempos del desmadre enloquecido de Melrose Place. Por cierto, según avanzo en esta pseudo-narración, me doy cuenta de lo mucho que se parece mi biografía a la de don Manuel Azaña. Si cambiamos las obras completas de Herodoto por Fraguel Rock, el resultado es similar.

La cosa es que frecuentemente nos topábamos con algún profiláctico en las inmediaciones del campamento que, obviamente, no nos correspondía. ¿Sería Panchito el que se lo hacía con Federica? ¿Tal vez era Segismundo el que cortejaba a Felisa? Con la experiencia y sabiduría que dan los años, ahora me doy cuenta de que esas preguntas eran intrascendentes. Porque ¿qué impedía a Pancho hacérselo con Segis? Cuanto más lo pienso, más me parece que sus clases de “Apreciando la obra de Andrew Lloyd Weber”, o sus improvisadas recreaciones de Yentl, eran una constante llamada de atención que todos ignoramos.

Con el ejemplo de los monitores pendiendo sobre nuestros tiernos cuellos, nuestras hormonas se sublevaron y decidieron, por su cuenta y riesgo, embarcarnos en embrollados conflictos amorosos que no se correspondían a nuestra tiernas edades. Como el de Ricardo y Sara, una larga y fructuosa historia de amor que se prolongó durante casi doce meses, o el intrincado triángulo amoroso que ligó a Juan “Zanahoria” Bermúdez con los apolíneos Raúl y Ana. Eso sí, era un triángulo de un isósceles que asustaba, apenas una línea larga más gruesa en un punto que en otro. Que te lo clavan el esternón y no te salvan ni House y el doctor Green asistidos por Becker, la doctora Grey y con Jack y el ínclito Christian Troy en el banquillo.

Hogueras, ‘vivacs’ en los que los monitores se empeñaban en recordarnos lo “especiales” que éramos dentro de nuestra mediocridad abrumadora; canciones absurdas que aún se me cuelan en la cabeza como el anuncio de los puritos Reig, a pesar de que ni siquiera me guste escuchar deportes por la radio; excursiones para presenciar las fiestas patronales de señores raros con boina que nos miraban raro, se susurraban cosas ininteligibles y esperaban con anhelo el momento de lanzar a un pobre señor de trapo desde la torre de un campanario… Un mundo por descubrir..

Todas estas innumerables anécdotas me hacen pensar en qué maravilloso será tener hijos y poder premiarles con todas estas inolvidables experiencias veraniegas de las que no podrán olvidarse ni siquiera cuando alguna simpática multinacional les invite a compartir con sus compañeros unas vacaciones memorables, sin duda con el loable propósito de que escribas acerca de la Toscana, las playas de Croacia o aquella vez que Keith Richards te cayó encima en una paradisíaca playa del Trópico.

Que se vayan preparando…

Octubre 3, 2006

Sabes mi nombre

Archivado en: Cine, Música — Uriondo @ 10:40 am

Como teaser trailer está bastante bien, el tipo me resulta convincente y la canción que interpreta Chris Cornell (Soundgarden, Audioslave) es cojonuda.


Y la letra, cortesía de Bondmovies.com

You Know My Name - Chris Cornell

If you take a life
Do you know what you’ll give?
Odds are you won’t like what it Is.

When the storm arrives
Would you be seen with me?
By the merciless eyes I’ve deceived

I’ve seen angels fall from blinding heights
And you yourself are nothing so divine
Just next in line

(Chorus)

Arm yourself because no one else here will save you
The odds will betray you
And I will replace you
You can’t deny the prize it may never fulfill you
It longs to kill you
Are you willing to die?
The coldness burns through my veins
You know my name

If you come inside
Things will not be the same
When you return to my eyes

And if you think you’ve won
You never saw me change
The game that we have been playing

I’ve seen diamonds cut through harder men
Then you yourself but if you must pretend
You may meet your end

(Chorus)

Try to hide your hand
Forget how to feel (forget how to feel)
Life is gone
At just a spin of the wheel (spin of the wheel)

(Chorus)

You Know My Name

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