Presión
Un compañero de otro medio me contaba su situación a la hora de comer. Al parecer, uno de sus jefes le había estado sometiendo a una gran presión, día tras día, durante los últimos dos meses. No dejaba de hacerle pequeños comentarios y sugerencias que daban a entender, sin lugar a dudas, que es un mal trabajador y un mal periodista. Una afirmación que, por otro lado, es completamente falsa.
Cada uno de estos pequeños comentarios, por sí solo, podía ser considerado como relativamente inocente. En conjunto, eran demoledores. Cuando yo tenía ocasión de hablar con él no dejaba de insistirme en que estaba preocupado al respecto y que la tensión iba in crescendo. El principal problema era que mi compi estaba a cargo de varios proyectos para otros departamentos y no podía someterse, a tiempo completo, a las exigencias de quien, a fin de cuentas, sólo era una de las muchas personas a las que tenía que rendir cuentas. Quizá cuando era sólo un becario podía aceptar esta situación, pero ahora era totalmente imposible.
Después de dos meses así, los nervios de mi compañero estaban de punta. Al final, después de uno de esos comentarios “casuales”, mi compi prácticamente le tiró a su jefe los papeles a la cara y se fue, harto de todo, de la oficina, descuidando además los plazos de entrega de otra de las revistas de la editorial.
Su jefe no ha dudado en llamarle de todo, en machacar a todos los otros jefes de departamento que le estaban “quitando” a su empleado, y en decirle que no se moleste en seguir con el proyecto.
El problema es que a mi compañero le estaba gustando MUCHO hacer esa revista en concreto. Era, con diferencia, a la que más tiempo había dedicado, siempre se había llevado bien con su jefe, y nunca había tenido ningún problema de este tipo con él. De hecho, cada vez que cualquier otro miembro del departamento osaba criticarle en su presencia, él era el primero en salir en su defensa.
Ahora, no hace más que echarse la culpa sobre los hombros y quitar responsabilidad al susodicho. Alega, en defensa de su superior, que éste había estado sometido a otra gran carga de presión, que su situación familiar no era idonea y que realmente sus comentarios no eran tan duros. Al final, haciendo un ejercicio de empatía sorprendente, consiguió convencerse de que toda la culpa era suya.
Con todo esto, ahora no quiere ni pensar en ese proyecto ni en los demás. Sólo piensa en dejar el trabajo, anda desmotivado y falto de confianza y no sabe qué hacer para resolver las cosas. Intentó disculparse por su salida de tono, pero lo único que recibió fue una bronca con cajas destempladas aliñada con sarcasmo.
Viéndole así, lo único que puedo pensar es que su jefe debería ser lo bastante listo como para disculparse y para entender que su propia actitud no fue la más apropiada. Dejar de arremeter contra alguien que, a la postre, está más indefenso que él mismo. Supongo que es difícil, pero no pierdo la esperanza de que este individuo –que en realidad ha hecho mucho por mi amigo durante toda su carrera y no es mala persona–vuelva a ser quien era hace solo unos meses y deje de cargar sobre la autoestima y la confianza de los demás el peso de sus propios problemas, que no por importantes dejan de ser suyos.
A mi amigo sólo puedo decirle una vez más que no tiene que echarse la culpa y que, aunque ahora no sepa verlo, tiene a mucha gente apoyándole. Que no se rinda y se centre en el resto de proyectos, en su familia y en sus amigos. Que siga manteniendo con respecto a su jefe una postura abierta al diálogo, flexible y comunicativa. Ninguno son mala gente, sólo personas comportándose como seres humanos y con un problema de interacción que se ha salido de madre.
No dejo de confiar en que con un poco de suerte, de tiempo y de buena voluntad por todas las partes, la revista saldrá adelante y todo volverá a ser como era.











